
-"¡Vaya tetas ricas!"
Ni le había visto venir. Tiraba de mi bolsa en el super cuando él se cruzó en mi camino. Apenas me dio tiempo a ver su cara porque lo primero que hice fue mirármelas. ¿Qué les pasa a mis tetas? Nada. Ni sobresalían más de lo normal, ni una mancha resaltaba su existencia.
Al mirar hacia atrás para gruñir al hombre comprobé que era el mismo sesentón que unos minutos antes se apretaba contra una dependienta. Llegó a ella empapado del agua de la lluvia que caía en la calle y le pidió un abrazo.
- "¿Vienes a que te abrace otra vez? Ya sabes que un abrazo mío siempre lo tendrás".
Una morena de pelo de punta con delantal y pinta de pasar de poco más de los veinte abrazó al empapado. Se dejó coger las manos. Se dejó decir frases que yo entendía de una forma, y que ella recibía de otra.
Mientras la escena se representaba ante mi estuve haciendo como que repasaba con interés los productos del super. No entendía nada.
Ella, amistosa.
El acariciando la espalda, sujetando las manos y hablando con voz queda, entrecortada.
- "No me importaría nada darte un piquito".
- "¿Y qué tal está tu mujer? Cuando pases por aquí con tu hija quiero que me la presentes. Me hablas de ellas pero nunca las veo y eso que vienes mucho por aquí".
- "Pero qué preciosa eres... pero qué piel tan suave tienes..."
Vale ya. Eso pensé. Y cogí cualquier cosa. Me acerqué a ella y le pedí que me cobrara.
- "Voy a seguir trabajando. Adiós"
Ella no pareció librarse de nada. Siguió tranquila. El la devoró mientras se iba.
Ella le seguirá dando abrazos tiernos. El seguirá mirando tetas.