jueves, 16 de abril de 2009

Cuestión de tetas



-"¡Vaya tetas ricas!"
Ni le había visto venir. Tiraba de mi bolsa en el super cuando él se cruzó en mi camino. Apenas me dio tiempo a ver su cara porque lo primero que hice fue mirármelas. ¿Qué les pasa a mis tetas? Nada. Ni sobresalían más de lo normal, ni una mancha resaltaba su existencia.
Al mirar hacia atrás para gruñir al hombre comprobé que era el mismo sesentón que unos minutos antes se apretaba contra una dependienta. Llegó a ella empapado del agua de la lluvia que caía en la calle y le pidió un abrazo.
- "¿Vienes a que te abrace otra vez? Ya sabes que un abrazo mío siempre lo tendrás".
Una morena de pelo de punta con delantal y pinta de pasar de poco más de los veinte abrazó al empapado. Se dejó coger las manos. Se dejó decir frases que yo entendía de una forma, y que ella recibía de otra.
Mientras la escena se representaba ante mi estuve haciendo como que repasaba con interés los productos del super. No entendía nada.
Ella, amistosa.
El acariciando la espalda, sujetando las manos y hablando con voz queda, entrecortada.
- "No me importaría nada darte un piquito".
- "¿Y qué tal está tu mujer? Cuando pases por aquí con tu hija quiero que me la presentes. Me hablas de ellas pero nunca las veo y eso que vienes mucho por aquí".
- "Pero qué preciosa eres... pero qué piel tan suave tienes..."
Vale ya. Eso pensé. Y cogí cualquier cosa. Me acerqué a ella y le pedí que me cobrara.
- "Voy a seguir trabajando. Adiós"
Ella no pareció librarse de nada. Siguió tranquila. El la devoró mientras se iba.
Ella le seguirá dando abrazos tiernos. El seguirá mirando tetas.

jueves, 26 de marzo de 2009

Un hueco para mi mano


Minutos antes de las tres de la tarde entro en el vagón del metro de la estación de Sevilla. En el penúltimo. Y ahí, invariable desde hace una semana, viaja un hombre de pelo blanco, ropa envejecida y mirada inquieta. Ya hace siete días que me habla al entrar. Siempre es amable, aunque a su alrededor se abre un espacio inusualmente amplio para la hora punta que empieza. Desde su boca de labios finos salen palabras suaves. El primer día apartó su mano del hierro que hay junto a la puerta para que pudiese tener un espacio en el que sujetarme.
- Ten cuidado, agárrate a mi lado.
Fui obediente, puse la mano donde me dijo y así evité tropezar cuando el metro partió de la estación a toda velocidad. Le sonreí agradecida.
En la siguiente estación habló también. Pero la chica a la que ofrecía un espacio para la mano prefirió seguir hacia dentro y ni le miró.
En la siguiente estación me bajé y le dije adiós.
El segundo día volvió a aparecer en el mismo tren, a una hora similar, con una ropa parecida.
- Aquí tienes sitio. Es mejor no hacer equilibrios.
Una vez más acepté su ofrecimiento.
Le hace hueco a quien entra. Habla a quien elige. Pero no recibe respuesta. El sigue con su empeño, o con su manía, o con su educación...
Hoy se ha limitado a sonreirme porque las palabras han sido para una madre que llegaba llevando a sus dos hijos de la mano. Les ha cedido el espacio a ellos. Los niños, pequeños, le han mirado por encima de sus gorras, pero la madre se ha limitado a seguir gritándoles que ya no les repetía más veces que estaba cansada de gritar. Cualquiera lo diría, porque de su voz seguía saliendo un torrente de voz chillona.
Mañana volveré a esperar en el mismo lugar del andén a que llegue el hombre de chaqueta gastada al que los demás no se quieren acercar porque habla. Y aceptaré, si me lo deja, el hueco sobre el que colocar mi mano.

domingo, 22 de marzo de 2009

Morir junto al amor


Harriet está a punto de morir. A su lado está el hombre que la abandonó cuando apenas inauguraban la juventud, y ella le confiesa que jamás amó a nadie como a él. Por eso le buscó cuando sabía que su vida se acababa. “El amor es un alivio, un remanso, tal vez incluso una seguridad que le resta horror al encuentro con la muerte”.

Es lo que le dice Harriet a su amor en el libro que ahora estoy leyendo, Zapatos italianos, de Henning Mankell.

Morir junto al amor.

martes, 17 de marzo de 2009

Aceite con amigos


Aceite. DE OLIVA. Virgennn. EXTRA.
AMIGOS.
Jamón. Con QUESO. Que no se te olvide el lomo. NI la cecina. Y ese chorizo que PICA.
Cieeeeerra los ojos.
Espera, antes coge el pan. Un trozo de los especiales. Del que tiene aceitunas. O el negro de centeno. O....
Ahora sí.
Cierra los ojos.
Y moja.
Mete el pan en el cuenco, en cualquiera. Huele. Deja después que el aceite en la boca que se deslice suave.
Traga sintiendo los sabores.
Yyyyyy..... ahora un poquito de vino.
El vino limpia el paladar del sabor del aceite que ya hemos probado. Lo deja limpio para SEGUIR.
..........Nos quedan nada más que otros once para probar, comparar, disfrutar......
El experimento: en la terraza de casa.
A probar: 11 aceites de calidad extra de Jaén y uno del desierto de Almería.
Resultado: Un día entero y completo con sabor. Con risas, con amigos, con entusiasmo.
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lunes, 9 de febrero de 2009

El rincón del viaje: Rawalpindi




Los mercados son espacios vivos. Los de Pakistán bullen. Y el de Rawalpindi parece sacado de un cuento. Los montones de especias de vivos colores se mezclan con el olor, y las invitaciones de los vendedores para que se compren sus productos inundan los sentidos de los que se aventuran por sus destartaladas calles.

En la parte vieja de la ciudad de Rawalpindi se mantienen los oficios más ancestrales. Conviven los sastres que hacen la ropa a medida en cuestión de horas… con los carniceros, con los hortelanos que ofrecen el producto recién arrancado de su huerta y con los quiromantes, que por muy, muy poco dinero, leen las manos que se tienden ante ellos.

Son tan poco los occidentales que llegan hasta este antiquísimo mercado viejo de Pakistán, que por unos momentos se para la actividad para mirar detenidamente a los turistas que se acercan a sus calles. La convulsa historia del país no invita a los tour operadores… ni a los vuelos charter a aterrizar en un territorio lleno de valles, de picos que son el sueño de escaladores. Por eso el mercado de Rawalpindi, Pindi según denominan a la ciudad los que allí viven, es uno de los más auténticos que se pueden ver hoy en día. No hay en sus puestos ni una sola baratija destinada a atraer los billetes europeos. No hay postales a la venta, ni imitaciones de monumentos. Todo lo que hay es lo que necesitan los propios pakistaníes.

Pindi es una ciudad-caos. Islamabad, la actual capital, es una ciudad planificada por la nueva mentalidad urbanística. Se podría decir que es ordenada. Y Pindi, la antigua capital, es su polo opuesto. Es el desorden, es el punto de partida de la carretera a Cachemira. Es el punto de partida de la aventura de una carretera de más de 1.000 kilómetros que lleva hasta China. Unos kilómetros en los que los picos son escarpados y rudos. Son puntiagudos porque son jóvenes. Los terremotos siguen modelando este territorio en el que el último movimiento supuso la muerte de decenas de miles de personas. En Pindi, demasiadas cosas, están todavía por hacer … y por descubrir.

jueves, 22 de enero de 2009

Las curvas



Siempre me han gustado las curvas. Lo sinuoso. Las eses. Ssssss. Las serpientes. Lo que se dobla y sigue. Lo que se desplaza con suavidad. Lo que sugiere que se eterniza. Lo que no acaba, sino que se curva. Lo que provoca deseo de continuar. Lo que esconde en un recodo la sorpresa que tiene detrás...

miércoles, 7 de enero de 2009

El rincón del viaje: El Gobi que canta








Si una palabra define el desierto del Gobi es transparencia, y si buscamos un adjetivo, tiene que ser el de infinito. Transparente es el agua, transparente el azul del cielo que quiere dejar ver la atmósfera infinita. Transparente es el aire que surca los rostros de los que se adentran en la infinidad de las arenas doradas. Y transparente es la luz que traspasa el recuerdo para llevar hasta los tiempos del mítico Gengis Kan, dueño y señor de estas tierras.

Muchos dueños han tenido las arenas del Gobi. Los más imponentes, los dinosaurios que dejaron allí sus huellas. Bajo las finas capas de arena los investigadores siguen encontrando tesoros. En el Gobi se hallaron los primeros huevos de dinosario y en la década de los 90 del siglo pasado un paleontólogo americano se extrañaba de que cada tres minutos apareciese un fósil nuevo en este inmenso desierto.

Es un lugar en el que durante los fríos inviernos se pueden superar los 40 grados bajo cero, que se convierten en más de 40 sobre cero en la época de fuerte calor.

El Gobi estuvo vedado durante décadas a los ojos occidentales, estaba encerrado en el imperio soviético. Ahora, cuando los acantilados de fuego, como han llamado a sus colinas, se pueden visitar libremente, miles de personas se acercan hasta los campamentos habilitados en las cercanías de la población de Dalanzadgad. Desde allí se organizan viajes al interior del desierto en autobuses o en cuatro por cuatro que aprovechan los caminos abiertos.

Muchos se dirigen hacia los acantilados de fuego, y hasta el parque natural conocido con el nombre de Las Tres Bellezas. Es el nombre que le han dado a las cadenas montañosas que lo rodean.

Las condiciones de vida allí son muy duras. Eso lo saben bien los nómadas que sobreviven en esta inmensidad y que tienen como norma la hospitalidad. Ellos ofrecerán su té y su tienda a quien encuentren, necesitado, en el camino.

Pero no todo en el Gobi es desierto de arena. En un territorio que es dos veces y medio lo que ocupa España hay sitio para casi todo. También para fantásticas dunas que dicen que vuelven locos a los humanos. Son las dunas que cantan. Son, en realidad, granos cubiertos de sílice que cuando son movidos por el viento provocan un fuerte ruido.

Las dunas cantan en voz alta a los que se acercan hasta ellas en los días de fuerte viento. Para escucharlas sólo hay que ir hasta Mongolia.