lunes, 3 de septiembre de 2007

Cansada de los exclusivos


Todos los que tienen algo que vender quieren tener cerca a los que van ostentando riqueza, por pocos que éstos sean. Los alcaldes quieren tener campos de golf en sus municipios para que los ricos deseen ir a jugar a sus tierras y dejen dinero ¿? en algún hotel lujoso que seguro que tiene dueños de tierras lejanas. Y los políticos quieren vender los productos de su tierra entre los que más poseen. Ellos, en la cúspide de la pirámide dan el “caché” para que luego el resto de los mortales creamos que tocamos la exclusividad al rozar lo que ellos adquieren.

Este, por lo menos, es el planteamiento que hacen algunos centros de poder, político y económico. Hoy se ha presentado una campaña de productos andaluces en una de las salas Vip del aeropuerto de Madrid, en la T-4. Qué ridículo. Los invitados, todos “very, very important”, pero los que compramos el aceite de oliva, las aceitunas de mesa, las gambas o el fino somos los que no estamos en esas salas. Los que al final somos suficientes para hacer rentables las empresas somos los que no esperamos en esas salas. Los que habitan en ellas, por cierto, suelen ser “obsequiados”, con lo que ni consumen. Y es que yo, de marketing de la vida, cada vez entiendo menos…

jueves, 30 de agosto de 2007

Mi querida rutina


Siempre he llegado con pereza y hastío a los últimos días de las vacaciones, a esa vuelta a la normalidad que suponen el trabajo, la rutina, lo cotidiano de una vida que se engancha demasiadas veces en el día a día. Estas horas finales de agosto en Madrid tienen un sabor a tranquilidad que es difícil de soltar. Las calles están más vacías, los restaurantes tienen sitio libre para cenar sin pensar en la reserva, el tráfico se diluye, las compras se hacen más llevaderas por el espacio libre que hay en las tiendas…

Pero tengo que reconocer que este año quiero que vuelva esa rutina, quiero volver a lo cotidiano, quiero volver a un trabajo que me deslice suavemente de la mañana a la tarde, quiero esperar a mi hijo en la puerta del colegio y sacar un rato libre antes de hacer los deberes para ir a jugar al parque, quiero la vida de invierno. Y es que no poder tener lo cotidiano me ha hecho desearlo. Durante unos días de agosto he tenido que hacer reposo, no pude hacer lo que cada día no me gusta hacer, pero tampoco lo que sí. No pude salir a comprar, a dar un paseo o a ver qué película me apetecía disfrutar. He comprobado que me gusta cierto sabor de lo habitual. Y este año saludo con placer a la querida rutina (que, no obstante, desafiaré haciendo algo nuevo que no me deje por entero en sus brazos).

domingo, 26 de agosto de 2007

Esas voces


La estridencia de las voces. Ese es uno de los ruidos que me resultan más molestos y que cada vez descubro con más evidencia alrededor. Lo que me mata no son las canciones a todo volumen en los móviles, que tanto desesperan a Manu; ni los coches que pasan con las ventanillas bajadas con la música desbordando su propio espacio que lamenta el periodista. Lo que me puede son los gritos que se escuchan en la quietud de un restaurante, en la tranquilidad de una espera, en la calma de un parque. Y no es que yo hable precisamente en voz queda, pero intento huir del grito (aunque alguno se me escape llamando la vigésima vez a Mario para que haga algo).

Hace dos veranos fuimos con dos niños de viaje por Rumanía. Mi hijo y mi sobrino (cinco y seis años) vinieron a hacer un recorrido por el país en un coche que alquilamos al llegar a Bucarest. La idea que podamos tener de Rumania desde aquí seguro que es muy lejana al país hermoso, verde, escultural y silencio que es el país real. En ese viaje redescubrí el silencio y lamenté el escándalo que acompaña lo nacional, lo español. Fui plenamente consciente cuando subimos a un teleférico y los rumanos nos miraban sorprendidos por el volumen de nuestras voces. La de los niños gritando su alegría al ver el mundo desde la cabina y el nuestro rogándoles que no armasen tanto jaleo. Ellos no daban crédito a los decibelios que éramos capaces de producir únicamente seis seres humanos. Cuando paseando por esas preciosas ciudades descubríamos un parque infantil nos sorprendíamos, porque no eran las voces infantiles las que nos alertaban de que cerca había un lugar con columpios, como sí ocurre aquí. Y en esos parque los niños jugaban felices, tanto como por aquí.

El año pasado volvimos a repetir experiencia los mismos seis en el sur de Francia. Y ahí la quietud es famosa. Esta vez logramos más silencio, eso sí, a fuerza de advertir cada día a los niños, ya de seis y siete años, de la importancia del respeto.

Y todo lo volví a recordar anoche cenando en un restaurante. Entramos con los dos niños, ahora con siete y ocho años, y los que ya estaban comiendo lo hacían en un volumen relajadamente moderado. Hasta que la chirriante voz de mi sobrino empezó a preguntar qué ponía en la carta…

miércoles, 22 de agosto de 2007

La inquitetud de los mundos


Unos ojos felinos miran fijamente a quien tiene entre sus manos uno de los libros más interesantes publicados en los últimos años. Es la portada de “Kafka en la orilla”, del japonés Haruki Murakami. Durante estas vacaciones he podido leer mucho, casi tanto como a lo largo de todo el año, es lo que tiene la tranquilidad de días que se han dejado pasar lentamente. Y este es, sin duda, el libro que más me ha llamado la atención. Bueno, está claro ya, que estoy de vuelta ¡hola!

Se cuenta la aventura vital en la que entra, sin anestesia, un joven que el día en que cumple 15 años se va de casa huyendo de un padre ausente, un padre que está convencido de que se repetirá la tragedia clásica en la que el hijo le matará. Y en la que añade que la madre y la hermana desaparecidas en su infancia entrarán en la vida del adolescente a través del sexo.

Recuperando la mejor tradición en la que se mezclan las realidades, volviendo a la literatura que combina lo mágico con la vida actual, en este caso japonesa, el relato consigue introducirnos en un mundo paralelo en el que lo sencillo se convierte en filosofía.

Una reflexión para seguir pensando: “Cada uno de nosotros pierde algo muy preciado. Oportunidades importantes, posibilidades, sentimientos que no podrán recuperarse jamás. Esto es parte de lo que significa estar vivo. Pero dentro de nuestra cabeza, porque creo que es ahí donde debe de estar, hay un pequeño cuarto donde vamos dejando todo esto en forma de recuerdos. Seguro que es algo parecido a las estanterías de esta biblioteca. Y nosotros, para localizar dónde se esconde algo de nuestro corazón, tenemos que ir haciendo siempre fichas catalográficas. Hay que limpiar, ventilar la habitación, cambiar el agua de los jarrones de flores. Dicho de otro modo, tú deberás vivir hasta el fin de sus días en tu propia biblioteca”. (Página 580 de la edicición de Tusquets)

Un viejo que en su infancia cayó desplomado al suelo junto a sus compañeros de clase sumido en un desmayo que a él le impidió volver a leer, pero le permite hablar con los gatos; un bibliotecario que mira, comprende y no juzga; una mujer herida en el corazón y anclada en una juventud que le dio el amor; y el quinceañero que huye son los protagonistas de una historia tan ágil que es imposible despegar la vista de sus hojas.

“Kafka en la orilla” me ha hecho recordar las emociones que sentí cuando leí “Cien años de soledad”. La distancia entre los dos libros es amplísima, incluyendo las culturas sobre las que se asientan cada una, pero la magia de los mundos paralelos que se hacen reales está viva en las dos obras.

Murakami llegó a la literatura a través de la música, y sus obras escritas tienen la cadencia de las partituras.

domingo, 22 de julio de 2007

La traidora mente de invierno


La idea de estar junto al mar me sigue atrayendo... y apenas sé por qué. Pensar desde Madrid en la brisa fresca, en el sonido del agua acercándose a la tierra o en el sabor salado del agua y de los cuerpos que se han bañado se convierte en una tentación. Pero eso es únicamente cuando estás lejos de una playa durante los meses de verano. Porque cuando te acercas a ella empiezas a darte cuenta de que lo que tienes en la mente es una idea de postal que queda en pocos lugares y que nada tiene que ver con la realidad.
Lo que hay en la mente es una idea, es un ente que no existe, es una foto fija en la que cada uno de nosotros ha ido borrando todo lo que no quiso ver, pero que está en nuestras playas. Durante los meses de invierno la mente va borrando de la fotografía de la playa de verano todo lo que no le gustó. Así, de la mente desaparecen las miles de sombrillas de colores imposibles que inundan la primera línea de playa desde que va apareciendo el sol. Mi mente de invierno me había hecho este año la trampa de olvidar las hamacas y las neveras sembradas en la arena. La muy traidora se había olvidado de los que juegan al "tenis" en la misma orilla metiéndote la raqueta por el costado según sales de agua. La muy gamberra había eliminado el sonido de la postal de una playa en julio que incluye voces llamando a niños, a abuelos o a vecinos. La muy perversa se había ocupado de eliminar la sensación de que lo mejor es mirar únicamente hacia la línea del horizonte porque si no lo que te encuentras con la vista son paisajes llenos de invernaderos de plástico, de urbanizaciones llenas de ladrillo o de chiringuitos estridentes. Pero apenas ha hecho falta una semana para que, de golpe, la realidad se haya encargado de decirle a la mente de invierno que este año no va a dejar que borre ni un solo detalle de lo que acaba de dejar de ver.

lunes, 9 de julio de 2007

Espacios no humanos


¿Cómo se puede proyectar un mega aparcamiento para un supercine, sin habilitar una acera para que los que dejan allí el coche puedan llegar andando hasta las taquillas? Si un estudiante proyectase algo así, no vería un aprobado en la carrera ni diseñando después una nave que llegase hasta Venus en cinco segundos. Pero eso es lo que pasa en Kinepolis, dentro de la gran Ciudad de la Imagen proyectada en Madrid. Los coches se han quedado atrapados. Después de colas y de aguantar semáforos varios para dejar el coche en el aparcamiento, no hay ninguna salida para peatones. En un lado del aparcamiento hay una carretera, en el otro una discoteca de verano que ocupa lo que era un vial y en otro están las vías del tren. Si quieres salir a pie para ir al cine, tienes que pasar sobre los raíles.

Kinepolis tiene 23 salas de cine y se construyó desterrando los ya casi olvidados cines de barrio. Se levantó sobre la nada, sobre un terreno abandonado a las afueras de la ciudad. Y del campo surgió la inmensidad del cine. Aparcamientos espectaculares, plazas por cientos que luego se fueron complementando con cadenas de restaurantes, con bolera, con tiendas. Una megaoferta de ocio a la que se llega en coche porque no hay (aún) transporte público.

Pero en estas que se presiona desde el potente gigante económico de Kinépolis, situado además junto a las instalaciones de Telemadrid, y nuestra querida presidenta Esperanza Aguirre decide llevar un metro ligero hasta la Ciudad de la Imagen.

Pero en lugar de situar las vías de este tren ligero, estilo antiguo tranvía, por la parte posterior del cine, diseñan hacerlo por la parte delantera. Eso supone que la no demasiado espaciosa acera que conectaba el aparcamiento con el cine se ha convertido en raíles. Ahora, si dejas el coche tienes que andar por los raíles para ir hasta la super entrada de grandes escalinatas que van cambiando de color en cortos periodos de tiempo dependiendo del juego de luces que le llega directamente de potentes focos. El tren ligero está ya en periodo de pruebas, y tiene que ir, literalmente, apartando a los peatones de su camino para poder avanzar. Pero es que no hay otro sitio por el que caminar.

Esto demuestra una vez más que no se hacen los diseños urbanos pensando en las personas. No se humanizan los espacios, se rellenan. Si se construye algo de la nada, hay espacio suficiente para que todo quede a medida de las personas. ¿Tanto cuesta pensar en que somos algo más que un monedero andante?

viernes, 6 de julio de 2007

Las falsas maravillas


¿Qué es una maravilla? Es una cosa que produce gran admiración. Es una impresión causada por las cosas extraordinarias que se encuentran fuera de lo natural o para las que no se encuentra explicación. Y han existido siete lugares calificados así: Las grandes pirámides de Egipto (Keops, Kefren y Micerino); los jardines colgantes de Semíramis en Babilonia; las murallas de esa misma ciudad; el coloso de Rodas; la estatua de Júpiter hecha por Fidias; el templo de Diana en Efeso y el sepulcro de Mausolo, rey de Caria, en Halicarnaso. Pero si las dos maravillas de Babilonia se contaban como una aún se podía sumar el faro de Alejandría.

¿Quién puede designar una Maravilla? Pues parece que cualquier entidad privada con suficiente dinero como para organizar un montaje mundial. Y en esas nos encontramos, como todos saben. Y están a punto de decir qué siete nuevas maravillas sustituyen a las anteriores. Se supone que el resultado es democrático, y sería la primera vez en que esas designaciones se producen así.

Pero en realidad se trata de un gran fraude mundial. Nunca aceptaré la lista que todavía no conozco. Si el propio sistema democrático no tiene garantías (y hacer una votación por internet no reúne los requisitos mínimos), si los monumentos elegidos tienen tan dispares criterios que se hacen ininteligibles, si lo que vale es el acceso de los países ricos a las nuevas tecnologías y, sobre todo, si las personas seguimos siendo tan increíblemente catetas que preferimos votar “por lo nuestro” en lugar de por lo más hermoso… entonces esto no es nada.

La Alhambra es un monumento estupendo, mágico y bello, pero no he votado por ella. No he votado por nadie en la campaña que han iniciado desde Granada, la Junta de Andalucía y el Gobierno. No quiero entrar en los cuellos de botella que nos ponen delante. Yo tengo mis maravillas personales, como cada uno tenemos las nuestras. Tengo esos rincones que he visto y que no se van de mi retina, y tengo los sueños de espacios a los que quiero ir… y siento, otra vez, que nos quieran contaminar. Esta vez nada más y nada menos que las maravillas.