
Ahora os voy a contar como imagino mi vida después de la jubilación. Está inspirado ese deseo en una pareja francesa con la que coincidimos en el viaje de verano que hicimos a Yemen (en la foto) el padre de mi hijo y yo hace ya más de 10 años. Los dos miembros de la pareja sobrepasaban los 70 años y el 1,70 de estatura. Tenían unos cuerpos angulosos, finos y cansados, pero dispuestos a seguir viviendo. Coincidimos con ellos cerca de Mareb, en una montaña donde vivía uno de los pueblos más curiosos del machista, atascado y subidamente integrista Yemen. Se trata de una población en la que las mujeres son las que se dedican al comercio, a la obtención de la riqueza que sustenta a toda la comunidad. Hacen telas coloridas, llenas de juegos visuales divertidos. Y bajan a la ciudad a vender las telas y todo lo que producen.
En el camino que lleva hasta ellas paramos para tomar un té, y allí estaba la pareja francesa. Solos, con un guía, tranquilos, a ritmo lento, bebiendo y acercándose a un país hermoso, desconocido y severo. Sin temores, sin ansias de ver rápido, los dos aprovechaban sus cuerpos y sus mentes para conocer.
Desde que los vimos, tan cercanos, pensamos que esa es una magnífica forma de envejecer. Y ahora, después de tanto tiempo, sigo pensando que es la más maravillosa de las jubilaciones.
Me gustaría seguir teniendo mi casa de Madrid como punto de referencia a la que llegar después de un largo viaje. Una casa en la que descansar y en la que ver a la gente que quiero aquí. Un refugio de primavera o de otoño en el que planear el siguiente viaje. Porque quisiera tener en mente siempre un siguiente viaje que realizar con la persona a la que quiera….