
Tiene 82 años y hace uno que su marido murió en sus brazos de un infarto al corazón. Es redondita, suave, dulce y blanca. Su mayor deseo hubiese sido ser profesora para enseñar a los niños a escribir y a pensar, pero se pasó sus mejores años vendiendo fruta y atesorando los billetes que ganaba ofreciendo a sus clientes sólo las mejores piezas. Las peores, las que estaban picadas, las llevaba a casa y las ofrecía de regalo a la familia subía hasta su cuarto piso para visitarla.
Es mi tía, es mi madrina. Y desde hace un año llora sola en su casa agarrada a un medallón entregado por los servicios sociales para que avise si se pone enferma, si sufre aún más. Sus dos hijos van a verla algún que otro fin de semana. Mi primo se olvida de coger el teléfono cada día para saber cómo está y sus llamadas se distancian. Mi prima la llama a diario, pero la semana pasada se conformó al escuchar a su madre decir que no hacía falta que se molestara en ir a verla, porque aunque estaba en la cama con dolor de huesos, tampoco estaba tan mal. Y tiene su “medalla”.
Mi tía se enorgullece cuando habla con nosotros de sus hijos y de los millones que ha conseguido ahorrar a lo largo de una vida. Los tiene a plazo fijo en el banco esperando ser transferidos a las cuentas de sus dos hijos cuando muera. Bueno, añade, también están ahí por si hiciesen falta algún día. Ella considera que ese día de la vejez aún no es hoy.
Mi madre ha ido a verla esta semana y, una vez más, le ha pedido que contrate a una persona para que le haga compañía, para que le limpie las baldosas de la cocina, para que salga con ella a comprar esa fruta que tanto sigue apreciando. Para distraerse ha encontrado un sistema: sale a comprar cada día lo que necesita. No acumula nada, porque así tiene que salir a la calle a comprar y se entretiene con sus recados. La tele la ve poco, siempre ha preferido leer, aunque ahora la pone de fondo para imaginarse que está con alguien en casa.
Ella tiene miedo. Mucho. Y doble, o triple. Tiene miedo a gastar el dinero y a que alguien entre a su casa y le haga daño. Prefiere que el daño se lo sigan haciendo el tiempo y la soledad.
Vive muy cerca de mi casa… pero yo estoy tan liada que en el último año no he tenido tiempo para ir a verla…





