
Los laboratorios Mind Lab me han descolocado. Han hecho un estudio que asegura que comer chocolate proporciona más placer que dar un beso en los labios. Voluntarios con edades comprendidas entre los 20 y los 30 años subieron más el ritmo de sus palpitaciones cuando comieron una tableta de chocolate negro y lo dejaron fundirse dentro de la boca, que cuando besaron a otra persona. La noticia aparece hoy en El País y me ha amargado la mañana. Nunca pensé que el chocolate pudiera ser competidor de mis labios. Vamos, más que competidor, es directamente la apuesta ganadora según estos datos, que esta vez sí que me hacen dudar porque los ha encargado un laboratorio que han fundado industrias del sector de la alimentación.
Como yo pienso que un beso detenido, lento, de labios suaves y lenguas traviesas no tiene comparación con nada... esta vez no voy a creerme nada de nada (el resultado de la encuesta habla de estímulos más largos en intensos en todas las regiones del cerebro al notar derretirse el chocolate que cuando se acercaban los labios).
Los estímulos que genera el contacto de unos labios se reparten por cada una de las terminaciones nerviosas del cuerpo. Y si el beso es un derroche para los sentidos, únicamente la posibilidad de pensar en recibirlo hace que tiemblen los músculos más pequeños que están escondidos por los rincones de la anatomía. Recuerdo los juegos en los que los labios se podían acercar hasta apenas unos milímetros de distancia, pero en los que estaba prohibido el contacto. Cuando un ligero roce se producía, cuando la separación era tan mínima que parecía desaparecer... la descarga interior de deseo lo inundaba todo.
¿Chocolate? ¿besos? y ¿besos con chocolate?
Foto: Cuadro de Gustav Klimt

