
La escalera de una de las estaciones del metro de Madrid subía esta mañana atestada de ojos. Ojos que hacían una fila de miradas. Inauguraba el primer peldaño un culo femenino cubierto de pana blanca. Pequeño, estrecho, y parece que insinuante, porque de él no apartaba la mirada el chico que subia detrás. Del joven destacaba una franja de pelo largo en mitad de la cabeza, contraste puro con los dos lados que pegaban a la oreja, totalmente rapados. Alto, de más de 1,90 de altura, dejaba caer la vista sobre el culo blanco de la chica y se quedó absorto en su contemplación. Y él, que miraba, no se dio cuenta de que detrás llevaba, colgados en su propio culo, los ojos de una morena con trenzas que se dejaban hipnotizar por los cachetes escondidos bajo su pantalón color caqui. Me puse bien derecha, saqué el culo hacia atrás todo lo que me permitían la escalera y la modestia, y evité mirar atrás porque quise pensar que, detrás, unos ojos me perseguían.
